«Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo». Así redactó de sí mismo, en uno de los más grandes cuentos metaficcionales, Salvador Elizondo. Mi vida es como la del Grafógrafo, aunque ligeramente distinta. Yo escribo lo que otros dicen que escriben, escribo lo que otros quieren leer, escribo sobre todo lo que nadie quiere escribir. Durante ya casi 30 años lo he hecho, la mayor parte de las veces desde el anonimato o detrás del nombre de alguien que quiere escribir y no puede; o puede, pero solamente a través mío. Aun así, he encontrado, de vez en vez, tiempo para escribirme y escribir lo que escribo. Y me gusta. También me gusta compartir lo que sé sobre escribir. También lo hago. Todos los martes. A veces los sábados. Leo lo que otros escriben y escribo lo que pienso de ello. O lo digo. Aunque siempre prefiero escribir, porque las palabras son peligrosas. Matan el deseo más profundo y son capaces de acabar con toda esperanza. Ni las terribles bombas nucleares han podido acabar con esos rasgos tan arraigados de nuestra civilización. Una sola palabra puede, mal pronunciada, puede acabar con el encanto y con la lujuria. Una sola palabra, colocada en el momento preciso, puede derrumbar a la persona más resiliente. Por eso prefiero escribir que hablar. Cuando redacto tengo tiempo de sopesar el impacto, ya no de cada palabra, de lo que provocará ésta fonema a fonema. Al vocalizar, solo hay tiempo para cuidar la entonación y aguantarse la risa. Por eso, hoy, como Elizondo, escribo que escribo lo que sé escribir tanto como aquello que nadie se atreve a escribir.
SEMBLANZA
Rafael Torres Meyer (Ciudad de México, 2 de noviembre de 1971). Ha sido periodista, gestor cultural, copy publicitario y redactor de discursos desde 1995. Publicó narrativa breve en Juglares y Alarifes, Ciencia Ergo Sum, Cástalida, Luvina y Homopólis, entre otras revistas. Por su construcción minimalista, también fue incluido en la Antología Poética Contemporánea Las Caras del Amor. Es autor de las colecciones de relatos El enigmático juego de Loyd y Deconstrucción del Silencio. Su obra ha recibido los premios al primer lugar en el Festival de Poesía y Cuento de la Bahía, organizado por el H. Ayuntamiento de Puerto Vallarta, en su primera y su quinta edición. También recibió mención de honor en Concurso de Cuento Corto In & Out y fue ganador del Tercer Concurso Iberoamericano de Cuento y Novela Ventosa Arrufat Fundación Elena Poniatowska Amor en 2023.
OBRA PUBLICADA
No soy narcisista
No soy narcisista. Esa será mi tumba como escritor. No me gustan las tertulias y, cuando acudo a una, procuro pasar inadvertido. No bebo ni fumo por no llamar la atención.
Lo mío es observar. Callar y mirar. Ahora mismo mi atención se concentra en la mano de Mariela. Sus dedos se desenvuelven mientras describe la sensación de esquiar sobre la nieve. Si se aísla su voz, el movimiento nos dice cosas muy distintas de aquellas que se pronuncian. En la actividad se revela la verdad que ocultan las palabras.
Basta con mirar esas manos para advertir que, en lugar de velocidad, su alma está pensando en una planta que florece; los dedos –hace unos segundos comprimidos en un nudo sobre la palma—se separan poco a poco, simulando los pétalos de una rosa cuando van abriendo, hasta que caen uno a uno sobre la tierra, ya marchitos y resecos.
«Mariela, al deslizarse, floreció».
Esa sería una gran entrada para una novela romántica. Que la escriban otros, porque yo abomino de la simplonería de quienes usan las letras para enamorar. En lo personal, me interesan más los dedos resecos, como pétalos en el ocaso, porque la degradación humana me ofrece más posibilidades narrativas. Mariela no es una vieja. Si sus manos están arrugadas será por otras cosas. Quizás por la cantidad de cloro que ha utilizado los últimos dos años para desinfectarlas. Quizás por la mezquindad con que ha maltratado a Javier, su enamorado. Esas son las historias que me interesan.
Entonces rebusco en cada pliegue de la escasa piel que cubre sus huesudas falanges, en ese intersticio que hay entre la carne y la nada. En ese vacío que acusa la liviandad de sus poemas, en la ausencia de materia de sus versos, en la soledad que se respira entre las sábanas de su cama, que ocupa Javier, sí, pero como la sombra espectral de quien ignora y es ignorado.
«Mariela, al gesticular, se va transformado en cartón».
Esa es una historia que me gustaría contar. Aunque sigue resultando demasiada poesía de las imágenes que su mano me evoca. «Su movimiento es, apenas, como el del viento soplando sobre una rama inanimada, verde, pero inanimada», lo pienso, lo fraseo, pero no lo escribo porque es cursi.
Ella es capaz de descubrir mi ensimismamiento. No se sorprende, sigue creyendo que su corteza es la de un árbol joven, que sus estrías y arrugas son imperceptibles, que la dureza de su piel apenas la nota ella gracias a los litros de humectantes con que se embadurna todas las mañanas. Entonces suelta el veneno: «Tú también escribes, ¿qué no?». No es un árbol viejo, es una astuta y peligrosa serpiente, enroscada entre anillos escamosos de perversidad.
Me encojo de hombros, hago una mueca y, al mismo tiempo, asiento; pero de inmediato escondo la mirada y me sumerjo a meditar, entre las burbujas del agua mineral que contiene el vaso que sujeto. «Escribo, como todos los que aquí nos rodean. La lista del mandado, un recado telefónico o un poema de amor», musito casi imperceptiblemente. Ella no alcanza a notar la ironía en mi respuesta: todos en esa habitación hacen poemas, como los acuarelistas de esquina, que son capaces de creer que la belleza se puede capturar entre los lugares más comunes. Entonces, ella entorna los ojos, sacude su melena corta e intenta mostrar empatía.
«Mariela, al escuchar, revela su sonrisa artificial».
Su mano se extiende, mientras la boca se ensancha para vocalizar una verdad absoluta, su verdad absoluta. La poesía, dice, es un género extraviado, que nadie entiende, porque su belleza estriba en el ritmo y la sonoridad, nunca en la coherencia. Esto me hace recordar que nada hay para descubrir en el fraseo de sus versos: ni historias, ni emociones, ni sentimientos. Su mirada está extraviada, como sus textos; dentro de las cuencas, los ojos orbitan cual canicas sin vida; bajo los párpados, una sombra de color violeta advierte que ella ya va muerta en vida. Y sin embargo recita un dodecasílabo de composición reciente que, asume, será un parteaguas en la literatura de moda. Tiene razón: lo será. Lo será porque detrás de cada rima hay exclusivamente sonido. Y detrás de cada sonido han quedado ausentes las palabras, los símbolos, los resquicios de la humanidad.
«Mariela, al declamar, proclama la muerte del ser humano por el ser humano mismo».
En esta última frase me encuentro. Mis letras tampoco revelan innovación alguna; no hay revelaciones, ni anécdotas; no hay iluminación, ni ideas. Me retuerzo, como si hubiera dado un trago largo a esa medicina amarga que mi madre me ofrecía cuando niño, para crecer, decía. Mariela sigue solfeando sus poemas, lo hace entre miradas condescendientes, palmadas de espalda y aplausos discretos. Nadie encuentra sentido a sus peroraciones, nadie advierte belleza, pero celebran que las palabras existen y se apilan como ladrillos en un muro que los separa de ella, mientras lapidan mis cuentos.
(Cuento incluido en la colección Deconstrucción del silencio)
«Mariela, al existir, me extingue»
Aquí es donde lo comprendo. No soy narcisista, pero la vanidad me obliga a buscar la trascendencia por encima de la de ella.
